
Había leído la novela “El Hombre Duplicado” de José Saramago. Pensé en una idea loca y por alguna razón que no recuerdo me cohibí. Otro día leí el relato “Una Flor Amarilla” de Julio Cortázar y recordé mi antigua intención. No esperé más, tomé la guía telefónica, me dirigí a la letra A y busqué mi nombre. No fue una sorpresa el que me encontrara unos cuantos nombres similares al mío. Andy García es un nombre simple. No sé si mi madre, aprovechando de que nuestro apellido era el mismo que el de ese famoso actor cubano que actúa en películas como El Padrino, decidió asignármelo, aunque lo dudo dado a que en el tiempo de mi nacimiento éste aun no era famoso. Hallé variantes, Andy M. García, Andy García H., entre otros. Sin embargo, solo hallé dos nombres, a parte del mío, que eran exactos entre sí. Levanté el auricular para marcar al primero de la lista. Me sentí nervioso. Contestó un niño que debía tener entre siete u ocho años. Le pregunté por Andy García y me dijo que “ella” estaba trabajando. Un hombre preguntó quién llamaba y se puso al teléfono. “Soy de la compañía de teléfono y quiero hablar con Andy García”, dije, el hombre dudó un poco y luego me dijo que ella estaba en la cafetería y no podía atenderme en ese momento. Entendí entonces que la mujer trabajaba en una cafetería. Luego colgué, marqué el otro número de teléfono, pero salía la máquina contestadora “El número que usted ha marcado está fuera de servicio”.
Se me ocurrió una idea brillante, en teoría, auque en la práctica, no era alentadora. Decidí ir a la dirección que aparecía en la guía telefónica para ver si veía, próximo a ese lugar, alguna cafetería. Así que subí a mi auto y me dirigí al otro lado de la ciudad, en dirección al poniente. Me hacía la idea de cómo sería aquella mujer, la imaginaba delgada y bonita, luego desestimé este pensamiento pues es usual que las dueñas de cafeterías están en sobrepeso pues viven “picando” de la comida. A todo esto, ¿quién me había dicho que era la dueña? Podría ser simplemente una camarera, o la cajera. En tal caso la posibilidad de que fuera delgada aumentaban. Las camareras siempre tienen una especie de encanto, tal vez sea el uniforme. Las cajeras casi siempre están seriesonas porque su trabajo requiere concentración para no devolver $ de más.
Luego me puse a pensar en el niño que tomó el teléfono. Daba por sentado que el niño era hijo de aquella tocaya mía, aunque pensándolo bien, no se por qué. El niño había dicho “ella”, no mamá, ni tía, ni nada por el estilo. Le hubiera preguntado más si aquel señor no hubiera tomado el teléfono. Obviamente también había supuesto que aquel hombre era su esposo. Pero no tenía fundamento para ello.
Finalmente llegué al lugar indicado. Como había proyectado había una cafetería próxima a la dirección. Detuve mi auto. La cafetería era pequeña, a penas en su interior cabía un mostrador para unas cinco personas. Afuera esperaban tres mesas con sillas plásticas de color amarillo. El lugar era atendido por dos mujeres, una de unos cincuenta años, gorda. Otra de unos veintidós, delgada. Deduje que eran madre e hija.
Me senté en uno de los asientos del mostrador. Pedí un café con leche. La señora anotó con gentileza mi pedido. La miré y dije para mis adentros, “esta señora no tiene cara de llamarse Andy”. Observé a la más joven. No era tan linda. Era una muchacha normal, ni linda ni fea. De esas que decir que son lindas es una exageración y asegurar que son feas es un abuso.
La observé con detenimiento. De alguna forma buscaba en ella algo que se pareciera a mí, alguna señal que me uniera a ella, igual que en la novela de Saramago los hombres eran idénticos en lo físico, o como en el Cortázar en el cual eran idénticos hasta en la forma, siendo una sucesión de vidas que se repetían monótona y consecutivas durante la eternidad. La muchacha que tenía en frente en modo alguno se parecía a mí. Era unos diez años más joven que yo y en sus gestos, hablar, sus modos, era muy diferente.
La señora preparó el café. Se lo entregó a la muchacha, la cual, con cierta torpeza que hasta ese momento no había notado en ella, lo puso frente a mí. “¿Desea algo más?”, me preguntó. Yo la miré, su piel era morena, sus ojos tristes, carentes de de vida. “Si, una galleta de esas, por favor”, le dije. “¿Integral o de Avena?”, preguntó. “!De avena por supuesto!”.
Ella fue hasta donde estaban las galletas, extrajo una del exhibidor y la puso frente a mí, en un platito pequeño como los que se usan con las tazas de café. La probé, sabía exquisita. Le dije “esta galleta está riquísima”, entonces ella sonrió mirándome fijamente, su expresión había cambiado, ahora emitía una especie de aura de felicidad. Luego me dijo, “!Esas galletas también son mi favoritas!”, y se retiró a atender a otros clientes.
Mientras estuve allí me miraba sonriendo ocasionalmente. Esa galleta de avena, de algún modo se convirtió en un puente entre nosotros, un apoyo para ese algo en común que buscaba. Cuando salí de allí mi casa supe que regresaría a aquella cafetería, solo que la próxima vez tendría el valor de preguntarle a la muchacha su nombre.